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“Las autoridades deben ocuparse más de nuestra industria, para que sea una potencia de futuro”

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Después de más de 33 años al frente de la FIAB, Jorge Jordana dejará este mes de mayo la Secretaría General.
Para Tecnifood es un honor contar con una entrevista a modo de balance donde -con la rotundidad y claridad que siempre le han caracterizado- destaca la fortaleza del sector en este tiempo de crisis, critica la escasa atención que reciben por parte de la Administración, desgrana el momento actual, sin obviar “el doloroso asunto” de las multas que le impuso la Comisión Nacional de la Competencia, y se explaya en un tema que le encanta: la innovación

¿Cuál es el balance de este último ejercicio para la industria alimentaría?
-De los 33 años que llevo en esta asociación, éste ha sido el peor año, porque ha habido una disminución del 3,4% en el volumen de ventas del sector. Yo no recuerdo una caída semejante. Pero estamos hablando sólo del 3,4%, cuando los sectores industriales están todos tocados. Es decir, que dentro de la situación de crisis económica profunda, la industria alimentaria todavía está cumpliendo su papel de dar productos de alimentación a la población y de exportar el 10% de lo que produce. Y de sobrevivir en buenas condiciones.

Dice usted que, dentro de los sectores industriales, el alimentario es el menos perjudicado. ¿Qué sectores son los más afectados?
-Eso va en función de la oferta y la demanda. La que más ha caído es la de hostelería, y sigue cayendo: está por debajo de un 9%. Aquellos sectores que sirven mayoritariamente a la hostelería están más afectados que el resto. Y no se extrañen que dentro de ese 3,4% haya subsectores que hayan crecido, frente a otros que han podido tener caídas casi rozando los dos dígitos. El Instituto Nacional de Estadística aún no ha dado esos datos, pero habrá una descompensación importante entre crecimientos posibles de algún sector y caídas de otros.

¿Podría adelantarnos algún dato?
-No tengo datos. Pero mi intuición me dice que aguas minerales, cervezas, vinos, los que tienen vocación hostelera, están recibiendo mayor impacto que los de la alimentación doméstica. La exportación ha estado yendo bien. No tenemos el dato de diciembre, yo diría que hemos ganado en cobertura. Seguimos siendo un sector que exporta más de lo que importa, lo cual vuelve a configurar una faceta destacable: no somos noticia. Siempre me he quejado de que somos poco visibles. Pero no somos visibles porque cumplimos con nuestro papel. El error es que nuestro papel se entiende por abastecer a un precio conveniente y con unos productos buenos a un mercado interior. Y ésa es la equivocación, porque la industria alimentaria, a poco que fuera cuidada, podría ser una potencia exportadora. Pero no. Se ocupan del sector agrícola, que lo está pasando mal, o del automóvil. El futuro económico de este país se tiene que basar en sectores que ya han demostrado que son capaces de llegar sólidamente a donde han llegado y que pueden tener una proyección internacional, es el mensaje a las autoridades. No se preocupe por la industria alimentaria; sobrevivimos. Pero ocúpese de ella para que, en vez de sobrevivir, seamos una potencia de futuro.

 

Ésa ha sido siempre su queja. Que la Administración no se ocupa.
-Es que es verdad. Salen siempre en la discusión nuestros clientes más importantes. Pero, a pesar de los problemas que tenemos con ellos, no pasa nada. Sólo resolviendo esos dos problemas, podríamos empezar a consolidar un sector alimentario mucho mejor para ese futuro que podemos tener prometedor. Ocúpense de nosotros, que existimos.

Destáquenos los puntos clave en los que se debe intervenir.
-Son los de siempre. Todos derivan de la atomización: miles de pequeñas empresas. Debemos empezar a trabajar en eso y tener la imaginación para ver de qué forma lo podemos solventar. Y solventar quiere decir unirse: crear plataformas de exportación. Y echarle imaginación colectiva. Que en algunos temas, como el de investigación, hemos logrado tener centros tecnológicos, formados por pequeñas y medianas empresas que tienen una notable actividad investigadora, un funcionamiento extraordinario que no existe en el resto de Europa. Y que se hicieron a iniciativa de esta federación. Hasta en los temas más difíciles, si hay ganas, puedes hacer trabajar a las pequeñas y medianas empresas colectivamente en lo que tú quieras. En lo que sea necesario. Pero hace falta que se ocupen de nosotros, que nos estimulen, que frenen al contrario. Que en el caso de que el contrario abuse, le paren los pies.

¿Qué opina de 2010? Cómo cree que va a ser la campaña con esos antecedentes.
-2010 va ser dramático para la economía española. Las perspectivas son siniestras. Mucho más paro. Y, además, con un gobierno que está mostrando una pasividad absoluta en los temas en los que necesariamente debería entrar de una vez: reformas estructurales que este país necesita. 400.000 parados más son 400.000 rentas menos y, por tanto, la renta disponible para los productos de consumo disminuirá en vez de crecer. ¿Nos afectará mucho? No. La gente seguirá comiendo todos los días tres veces, por lo que no lo sentiremos de una forma importante. Pero no es una perspectiva positiva.

Durante el Congreso AECOC, una de las opiniones más repetidas era que en 2010 se podía empezar a ver el final del túnel.

-Si, pero no estamos saliendo, nos están sacando. Y las preguntas son: ¿cómo vas a salir? ¿En que condiciones? El problema fundamental en este país es la generación de empleo. Somos muy malos generando empleo porque tenemos unas reglas muy inflexibles. Un país tiene que competir, y más cuando estamos en un mundo globalizado. La globalización es muy buena, porque lo que nos ha hecho ricos es la competencia internacional. Siempre lo que más ha creado riqueza es el comercio. Pero tienes que competir, porque estás dando oportunidades para que los que están menos desarrollados rivalicen contigo. Los países deben tener estructuras competitivas y permitir la flexibilización a las empresas, para que éstas puedan ser eficientes.

Hablemos de I+D. ¿Qué opinión le merece el grado de inversión de la industria alimentaria?
-Es uno de mis temas más queridos. Porque empezamos a hablar de I+D en los años 80 y en aquella época se hablaba muy poco, porque la gente no sabía ni lo que era. No podemos competir ni por tener materias primas baratas ni por tener petróleo. Tenemos que competir con inteligencia, que es conocimiento y también investigación. Todos los sectores tienen un perfil determinado de inversión en I+D. La industria alimentaria es de los sectores que menos intensidad inversora tiene. Porque es un sector antiguo, en el que mayoritariamente son empresas que hacen productos tradicionales, que las tecnologías son antiguas y muy conocidas y en las que todo eso te define un sector con muy poca intensidad inversora.
Esto va a cambiar, radicalmente. Porque, como el conocimiento avanza en estos momentos, están coincidiendo en las actividades de la industria alimentaria una serie de nuevos campos que se abren en los que la investigación es crucial. Estamos hablando de alimentos funcionales y demás.
Están coincidiendo ahora mismo tres hechos que, a mi juicio, son vitales: uno de ellos es aplicar a la industria alimentaria tecnologías emergentes en otros sectores. Por ejemplo: los rayos X de baja intensidad, las altas presiones que son un bactericida de superficie, la nanotecnología. Es un infinito que tenemos ahí. Además, constantemente van saliendo nuevas tecnologías que hay que pensar cómo aplicarlas a la industria alimentaria para tener productos de larga duración, mejor calidad, menos dañados térmicamente y con mejores condiciones de sabor.
El segundo tema es el conocimiento del genoma. Y ahí hablamos de transgénicos. El alfabeto de la vida ya lo hemos aprendido. Y se van a escribir obras con él, les guste o no a los ecologistas. ¿Quién va a renunciar a escribir ese alfabeto? Nadie. Nuestros genomas empiezan a ser leídos y se sabe si podemos tener una enfermedad metabólica que puede ser de origen alimentario. La funcionalidad genética va a ser un camino que apenas se está iniciando y que tiene un camino infinito por delante. La industria farmacéutica, que yo no sé por qué no tiene a ecologistas detrás, ya fabrica todo (antibióticos, insulinas, hormonas) con bacterias manipuladas genéticamente y eso ha llegado ya a muchos alimentos.
El tercero es el conocimiento en la relación entre alimentación y salud. Ya no hablo de genes, sino del mayor conocimiento que tenemos del funcionamiento fisiológico. La industria alimentaria está potenciando ese desarrollo del conocimiento para intentar lanzar productos. Y, de hecho, los grandes productos con cierto crecimiento han sido los funcionales. Entonces, la coincidencia de las tres es un boom. Yo no digo medicalizar la alimentación, pero que la alimentación tiene mucha influencia en nuestro bienestar es claro. Que allí hay campo hasta decir basta. Eso va a obligar a que las empresas tengan que meterse en el campo del I+D, con lo cual la propensión a invertir de la industria alimentaria cambiará. Y, de tener una ratio muy baja, pasaremos a una superior.

¿Cuál es el porcentaje de inversión en I+D?
-En Europa, la media es de alrededor de un 0,25% de la facturación. España supera la media (0,26%), porque dentro de la media están los países de Europa del Este. Los países más desarrollados (Holanda, Reino Unido) están cerca del 1% (cero noventa y algo). Las grandes compañías se mueven por encima del 1,5% y el 2% de su volumen de venta.

En los centros tecnológicos que ustedes desarrollaron con pymes, ¿qué tipo de proyectos llevan a cabo?
-En el de San Adrián hay 56 proyectos en marcha en este momento. La idea es muy simple: la pequeña empresa tiene problemas tecnológicos, porque la sociedad le pide que dé respuesta a los nuevos problemas que se plantea la humanidad. Por ejemplo, los temas medioambientales. Se está haciendo en Europa una legislación muy dura, exigiendo, por ejemplo, que tengan depuración de aguas, menos emisiones de gases de invernadero, menos porcentaje de coste por emisiones para evitar el despilfarro. Luego, la distribución comercial pide certificaciones de calidad. El Ministerio de Sanidad pide el análisis de riesgo y el sistema de puntos críticos. Entonces la idea es: vamos a hacer una “cooperativa de servicios” tecnológicos entre las pymes, y en la evolución de esa institución necesariamente se llega a la investigación.

 

¿No hay recelo entre las empresas?
-No. Existe mucha sinergia. Lo que ocurre es que, cuando ya se tiene volumen crítico, se puede empezar a abordar como institución proyectos de investigación. Comenzamos con problemas comunes, que apenas son ciencia, pero que van creando conocimiento. El conocimiento es simplemente una red. Por eso es que se llega después a la plataforma tecnológica. De alguna forma, estos centros empezaron siendo laboratorios compartidos y los socios empiezan a trabajar en proyectos conjuntos, y acaban llegando a patentes. Si así, nuestro propio laboratorio resuelve problemas, vas teniendo más confianza y nuevos proyectos, que al final va ampliando la relación.
Yo propuse la creación de uno por sector. Sacamos la información en el BOE, porque había mucho apoyo público, aunque luego la propiedad fuera privada. Y, de hecho, son unos de los centros de investigación donde es mayor el porcentaje de apoyo privado: el 60% se hace por aportación de los asociados o por venta de servicios. Y el 40% restante entra por los proyectos de investigación competitivos. No hay gratis nada. 

Pero se van saltando obstáculos.
-Incentivamos la creación de la Plataforma Europea. Fuimos pioneros. No participan todavía muchas empresas: hay 280. Están todos los centros tecnológicos nuestros, los públicos y algunas universidades. Ha habido buena colaboración en la ciencia. Mi próximo paso es intentar que el capital riesgo entre a financiar. Porque en las reuniones se intentan casar. Se debaten ideas. Y se mira quién puede estar interesado en colaborar en un proyecto. Pero un problema de la investigación es que un proyecto se acaba si no hay participación empresarial. Porque el paso siguiente es muy complicado. Una vez obtenido el resultado es un infinito de complejidades: patentarlo, quién lo puede producir, quién lo financia. Me gustaría que en España hubiese un núcleo financiero que facilite la transición entre el resultado y el mercado.

Tras la sanción a la FIAB por parte del Consejo de la Comisión Nacional de la Competencia “por realizar recomendaciones colectivas para llevar a cabo incrementos de precios”, han recurrido la sentencia ante la Audiencia Nacional. ¿Cuál es la situación actual y su valoración personal?
-Las personas que tienen poderes exorbitantes deben tener lo que Baltasar Gracián decía que era la virtud máxima del político: la prudencia. Medir el día de después y no sólo el mérito para dar una sanción. Porque puede disolver la sociedad civil. Si una institución como la CNC empieza a tomar resoluciones sin la suficiente base, sino para ejemplarizar, al final se puede cargar a los interlocutores sociales. En teoría, todo el país está trufado de actos contra la competencia. Las organizaciones empresariales tienen una visión social que no debe ser distorsionada simplemente porque pasaba por aquí y quise ejemplarizar. Porque puedes causar problemas secundarios muy graves. A ver con cuál sociedad civil te quedas, con quién negocias y quién te hace el papel de interlocución entre las 32.000 empresas alimentarias y la Administración Pública o los sindicatos. Yo me he sentido absolutamente atropellado, pero bueno, ya la Audiencia Nacional, y después el Supremo, dirán lo que tengan que decir. Que yo no dudo qué será.

 

Otro de los temas candentes es el de las marcas de la distribución. ¿Qué mensaje quiere lanzar?
-Los países tenemos que funcionar con reglas claras y para todos. No se aplican equilibradamente las reglas de la competencia. Si dos industrias llegan a un acuerdo para vender sus dos marcas de un producto es anticompetitivo, pero si es una marca blanca y otra de fabricante, eso sí vale, aunque comporta al comerciante información privilegiada y confidencialidad de un competidor de su marca.
Y está el tema de la morosidad, perfectamente regulado y que nadie inspecciona, ni vigila. Se trata de tener unas reglas éticas también en el funcionamiento de tus relaciones comerciales. El no abusar es parte de tu responsabilidad social. Esto lo logramos plasmar en un acuerdo de prácticas entre Asedas y FIAB, firmado hace dos años, que costó muchísimo (año y medio en elaborarlo) y que fue iniciativa de ellos. El problema de esos códigos de buenas prácticas es que nadie los vigila. Yo creo que fue Mercadona el que de alguna forma dijo: vamos a intentarlo. Y eso fue un paso importante en la modernidad, que hay que reconocerles. Pero no funcionó.
Los ingleses, que son mucho más eficaces, pusieron a un hombre de la administración pública, que es el vigilante y el garante del funcionamiento. Tiene el poder de oficio para investigar si se está cumpliendo o no. Y poder sancionador. Eso me suena muy bien. Si la CNC realmente entrara en los problemas de la competencia reales y en el funcionamiento del mercado, debería tener una persona especializada como hombre defensor del código. El garante del funcionamiento para que inspeccione de oficio.

¿Lo ve factible?
-Sí que lo veo. Porque, primero, no es una iniciativa española. Se está hablando en Bruselas ya. Hace poco, con la preparación de la presidencia española en la UE, y a petición del secretario de estado Josep Puxeu, se preparó una reunión sobre estos temas. Invitamos a gente de la CNC, a tribunales autonómicos de la competencia, gente de la Comisión de la Competencia Europea. Invitamos a gente de la industria, distribuidores y de la administración y debatimos qué pasaba en el mundo. Conocimos el caso inglés, los debates que se están dando en Bruselas y nuestro código.

Hay esperanzas.
-Sí. Hay esperanzas de que se pueda ir mejorando de una vez. Ocuparnos de lo que tengamos que ocuparnos y que cada día seamos más competitivos y mas punteros de lo que ya somos.

¿Que tal está la relación con la AESAN?
-Magnífica. Sin duda va bien y ha mejorado. Roberto Sabrido y Ana María Troncoso son dos magníficas personas y muy competentes en su oficio. Es asombroso cómo con los mismos mimbres un experto hace cestas que son obras de arte y otros, no.

Después de más de tres décadas frente a la FIAB, ¿con qué momento se queda y cuál querría olvidar?
-¿Olvidar? La influencia política. Con qué me quedo es muy difícil, porque son muchos buenos momentos. Hay pocas personas que somos tan privilegiadas: poder trabajar en algo que nos haya satisfecho y que realmente no cueste levantarse cada día. Y eso lo he conseguido hace treinta y tantos años. Un lujo, absolutamente un lujo. Porque eso de encontrar un terreno todavía sin labrar, absolutamente virgen, y poder ir determinando cómo hay que hacer las cosas, cómo hay que progresar y después mirar atrás, después de treinta y tantos años y ver la trayectoria y las cosas que se han ido alcanzando, es una satisfacción que no te puede quitar nadie.

¿Habrá que destacar algún momento del inicio, por los retos que se le planteaban?
-Se han hecho muchísimas cosas. Muchísimas. Creo que esta organización ha hecho cosas extraordinarias. Y no lo digo yo: el prestigio que tenemos fuera lo dice. La confederación italiana nos pidió hace unos meses una copia de la Estrategia NAOS y ya han decidido convalidarla. Nos copian. Y el código PAOS está siendo aplicado en otros sitios. Hay muchas acciones en las que hemos sido pioneros ante Europa.
Cuando a mí me sacan del ministerio para crear la FIAB, no había tradición democrática en España. Estuve entonces viendo las experiencias alemana, belga, holandesa y francesa. Francia tenía ya entonces 140 años de organización empresarial de la industria alimentaria. Y copié la experiencia. Ahora, cuando ves que otros países de Europa empiezan a copiarte a ti ves que en este país no lo hemos hecho tan mal. En muchos campos estamos por encima de muchas organizaciones que son centenarias.

Publicado en el número 68 de la revista Tecnifood.

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