IRTA avanza en la investigación de microalgas para asegurar la alimentación mundial del futuro

El proyecto europeo ProFuture, coordinado por el IRTA, trabaja en aumentar la escala del cultivo de cuatro microalgas con alto valor nutritivo para poder lanzar al mercado nuevos alimentos como pasta, pan y crema de verduras enriquecidos con fitoplancton, con mejores rasgos organolépticos, que resulten rentables y respondan a la demanda mundial de proteína más sostenible

13 de agosto de 2022, 08:00

En 2050 la población mundial rozará los 10.000 millones y la demanda de alimentos se incrementará un 70%, según la FAO; mientras los recursos naturales para cubrirla se agotan, especialmente las proteínas. El proyecto europeo ProFuture, coordinado por el Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA), avanza en el cultivo de cuatro microalgas, entre ellas la espirulina, como una oportunidad estratégica para blindar la sostenibilidad y la seguridad alimentaria mundial.

Son pocas las especies de microalgas que actualmente permite para consumo humano la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA). Entre estas se encuentan la Chlorella vulgaris, Tetraselmis chui o Arthrospira platensis, más conocida como espirulina, que es la más cultivada en todo el mundo.

En los invernaderos de la empresa Organa, en Almenar (Lleida), la biomasa de espirulina, de un verde oscuro con rastros azulados, se concentra y recoge cada tres días en verano, o cada una o dos semana en invierno. Se seca en forma de fideos o comprimidos y se envasa para su venta fresca a restaurantes y particulares. Es una producción a pequeña escala, en un sector incipiente en el que aún hay mucho por investigar. Lo explica Joan Solé, director del proyecto. “Aún estamos aprendiendo, hay muchas incógnitas. El olivo hace miles de años que se cultiva y mejora, la espirulina sólo desde hace 60 años”.

Con la ayuda de proyecto ProFuture coordinado por IRTA que se ha marcado como iniciativa estratégica el desarrollo de las proteínas sostenibles, la empresa Oregana trabaja en reforzar el valor añadido de la espirulina fresca e incrementar su vida útil, garantizando la seguridad toxicológica. Estos pasos son necesarios para expandirse en un mercado donde por ahora se comercializa como suplementos dietéticos y harina.

Fue en 2017, durante la visita a un proyecto en el Sáhara Occidental, cuando Joan Solé tuvo lo que denominó “una inspiración”. En esa zona con preocupantes índices de anemia se estaba cultivando espirulina con el fin de combatir la desnutrición y apuntalar la soberanía alimentaria.  “Me sorprendió ver que un ser tan pequeño podía solucionar tantos problemas”, explica él. 

En Europa la mayor parte de las microalgas se importan de China. Massimo Castellari, investigador en el IRTA y coordinador científico de ProFuture, señala que “las microalgas son una fuente minoritaria de proteína, todavía estamos en los albores de su cultivo industrial”. En la Unión Europea solo una minoría de los productores europeos se focalizan en la alimentación humana, pero muchas empresas están reorientando su actividad. 

Es el caso de Necton, empresa del sur de Portugal creada en 1997. Hasta hace poco estaba especializada en las microalgas para cosmética y piensos para acuicultura; ahora, también explora el potencial alimenticio de la Tetraselmis chui y de la Nannochloropsis oceanica. “Para crecer, el mayor escollo es el precio del producto, que acusa problemas como las contaminaciones”, señala Alexandre Rodrigues, coordinador de I+D en Necton, uno de los 31 socios de ProFuture “Nuestro reto es aumentar la escala, investigar y automatizar”.

Las especies con más opciones

Hay cuatro especies que se consideran prometedoras: dos de agua dulce ( chlorella y espirulina) y dos marinas ( tetraselmis y nannochloropsis). Sobre ellas se están realizando pruebas pilotos tanto en Necton como en la también portuguesa Allmicroalgae, con el fin de ser exportarlas posteriormente a otras empresas europeas.  Consisten en diferenciar los organismos de mejor rendimiento y reproducirlos. Así lo explicaba Massimo Castellari. “Se seleccionan célula por célula para sacar lo mejor de la amplia variedad fenotípica y metabólica de las cuatro especies, tal y como se ha hecho a lo largo de los siglos con el trigo o los tomates, por ejemplo”.

Entre las virtudes del fitoplancton destaca que es muy poco cara en términos de recursos y huella ecológica. Las microalgas crecen de cuatro a quince veces más rápido que proteínas como el trigo, las legumbres y la soja. Y, además, son cultivos que no compiten por el suelo agrario y no piden grandes cantidades de agua dulce.

“Se pueden cultivar incluso en zonas desérticas y semidesérticas”, señala el coordinador del proyecto. Las condiciones climáticas moderadamente cálidas de la cuenca mediterránea son consideradas muy adecuadas para el metabolismo de las microalgas, lo que ofrece posibilidades económicas frente a la desertificación y creciente salinización en la Península Ibérica. Además son cultivos que ayudan a fijar el CO2 atmosférico.

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